4 menciones en puerto madero… felicitaciones!

caminando baires

academia militar o escuela de idiomas?

<< (…) Cualquier centro de educación tiene como alternativa seguir uno de los dos grandes modelos de formación inventados hasta ahora por la Humanidad: el servicio militar o las academias de idiomas. No hay otro. En el servicio militar lo importante es el título, el certificado, la papeleta que permite no volver a pisar el cuartel. Nadie busca una relación positiva entre las ocupaciones cuartelarias, lo que el título afirma y lo que el licenciado hace después con su vida. Se trata de conseguir dejar pasar en el cuartel, de la forma establecida, un tiempo establecido. Yo valgo lo que valga mi título. En cambio en la academia de idiomas el diploma sirve de poco, ni es realmente necesario, puesto que lo determinante es la capacidad de haber incrementado las aptitudes propias, y eso se comprueba y aplica inmediatamente. Uno se sentiría estafado por la academia si, tras cinco años de estudios y un título, no entendiera palabra de lo que le está diciendo un taxista en Londres o Berlín. ¿Por qué no ocurre esa misma sensación de vergüenza y estafa entre quienes salen, con su título bajo el brazo, de una Escuela de Arquitectura? ¿Por qué no reclaman de la Escuela lo que reclamarían de cualquier academia de idiomas? La respuesta es simple: porque las Escuelas de Arquitectura no siguen el modelo de las academias de idiomas, sino del servicio militar. El objetivo de la enseñanza en un centro universitario público no es la obtención de un título, sino que debería ser la formación de una profesión. No como se practica efectivamente en la calle sino, al contrario, tal como no se practica. La enseñanza debe ser inactual: enseñando una profesión tal como ya no se ejerce, y enseñándola tal como aún no se ejerce. Ese es el precio para conseguir que los profesionales así formados sean capaces de adecuarse y definir su papel frente a cualquier circunstancia, por cambiante e inesperada que sea. Por el contrario, los Propietarios de un título o los Adiestrados en repetir una respuesta de actualidad pierden su cualificación al primer cambio de condiciones. Y las condiciones no paran de cambiar. Una escuela de arquitectura que no quiera ser una oficina de expedición de títulos o un centro de adiestramiento ha de mantener los niveles de práctica profesional que eran la sabiduría del oficio de generaciones anteriores, para encontrar ahí, enfrentadas al conocimiento de nuestro presente, las formas del oficio de un tiempo futuro. El contenido de la enseñanza siempre debe ser, al mismo tiempo, anacrónico y vanguardista. Debe estar al margen, si no enfrente, del mundo de la eficacia y la aplicabilidad, del mundo de la rentabilidad inmediata, del mundo del mercado.>> Josep Quetglas

 
 
Entendemos al curso de anteproyecto 2 como rótula en la formación del estudiante.  Buscaremos pues, terminar de consolidar el manejo de herramientas que le permitan plantearse de aquí en más, una intensificación en la coherencia y potencial propositivo del proyecto arquitectónico que en esta etapa de la carrera está empezando a dominar.

El curso de anteproyectoII abarca 3 LIAs: domesticidad, globo y mlab que el estudiante elige libremente al inicio y desde donde desarrollará su anteproyecto arquitectónico durante el semestre, encuadrado así en las variables específicas que se proponga cada laboratorio, compartiendo de este modo, algunas instancias verticales inherentes a la especificidad del laboratorio con otras horizontales particulares del curso que reforzarán el intercambio entre sus iguales y con el equipo docente todo.

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ver el  taller en: taller danza – farq|udelar

EQUIPO DOCENTE

Miguel Fascioli (Coordinador)
Gonzalo Bustillo
Emilio Nisivoccia
Jorge Nudelman
Dardo Bértiz
Martín Delgado
Marcelo Staricco
Laura Acosta
+
Martín Pronczuk
Santiago Saettone
Nicolás Rudolph

Con la pantalla dando (o el fin de la educación)

Los profesores, desde hace unos años, a cada final del mes de Junio, empezamos a recibir mensajes electrónicos de los estudiantes. Piden revisiones de exámenes, algún cambio de nota, señalan un error en las actas, suplican una prórroga en la entrega de un último trabajo, etc. Aunque la mayoría tutea al profesor, a quien se llama por su nombre de pila, los mensajes son educados y cordiales. Como si fueran mensajes entre amigos o conocidos. Juan, Estela, Marcos, Anna escriben a Pedro y le exponen brevemente un problema.
Pero, para un profesor, los alumnos que redactan un mensaje son Juan87, Estela-tela, Marc A, Annana85: una parte de una dirección electrónica; un número; un código.
No los conocemos; no les hemos visto la cara; o, mejor dicho, no asociamos caras con estos trabalenguas.
Los correos electrónicos evitan el contacto directo. Están en perfecta sintonía con las directrices de la Universidad: el campus debe ser virtual; las clases magistrales, casi inexistentes; el diálogo cara a cara imposible. Al profesor se le exige que esté todo el día ante el ordenador “colgando” programas, trabajos, textos e imágenes, y respondiendo a las dudas y preguntas que explotan, como burbujas, de súbito en la pantalla. Y se borran sin dejar huella.
El modelo al que se tiende es el de la Universidad a distancia. Distante. Lejana. Invisible. Al límite, pronto ya no se verán a los estudiantes. Ni siquiera se sabrá si existen. Y la misma sensación tendrán aquéllos con los enseñantes. ¿Acaso no les podría responder una máquina? ¿Le preocupa a la Universidad?
Un profesor no enseña. Su misión no es educar. Se enseña a sí mismo. Aclara sus ideas a medida que expone, que responde a las preguntas que se plantean durante la exposición en clase. La única manera que tiene un profesor de aprender -pues es él quien aprende- consiste en exponer públicamente lo que ha elaborado en casa, el despacho o la biblioteca, “viendo” o “viviendo” la reacción de los alumnos. Un silencio intenso dice mucho más sobre cómo se percibe, se recibe, se valora lo que el profesor cuenta. Existen distintos tipos de silencio: cansino, indiferente, indignado, fascinado. Y son esos silencios, al igual que la expresión de los rostros, y las preguntas, las quejas y los comentarios planteados verbalmente por los alumnos, los que permiten que la clase evolucione, y que el profesor se forme. Y que, entonces, el alumno aprenda viendo cómo aprende el profesor a medida que explica, que busca las palabras, que lucha, que juega con ellas, tratando de explicar lo mejor posible, no para los alumnos, sino para sí mismo. Como un actor, no se expone para el público o el alumnado. Se expone para su propio disfrute o pesar.
Tuve a excelentes profesores hace muchos años: Eugenio Trías, Xavier Rubert de Ventós, Félix de Azúa, Josep Llinás, etc. Aún enseñan. Aún debaten consigo mismo en la tarima. Aún muestran cómo uno se enfrenta a los problemas. Reflexionan en voz alta. Y se percibe, como si un ángel pasara, como la reflexión se alza, rebota, es atrapada, moldeada y devuelta al aire. La clase no es un texto que se recita de memoria, sino que se construye a medida que se narra. Y toda construcción es un proyecto de vida, una manera de enfrentarse a ella.
Pero, ¿hablar ante una pantalla, en un “campo virtual”? ¿Qué se construye? ¿Qué se muestra? Solo nuestro miedo a formarnos.
A ese vacío tendemos. ¿Qué importa entonces las faltas de ortografía, la sintaxis, y los conocimientos si solo se trata de hablar con nadie? Si nadie escucha ni responde.

pedro azara en: http://tochoocho.blogspot.com/